A mediodía nos recibió Javier, el administrador, en la recepción de la prisión. Con cierta incertidumbre fuimos por el largo “decumano” a medida que charlábamos acerca de las necesidades y nos explicaba el funcionamiento de la prisión, no sin el acompañamiento del sonido de los pases de esclusas y señales sonoras.
Conforme avanzábamos nos dimos cuenta de lo cerca que está una prisión de una pequeña comunidad, con una estructura y materialidad muy marcada, como los ciudades-monasterios-edificios mixtos que nos explicaban de nueva creación.
Tras llegar a la otra punta de la prisión, donde se situaba el emplazamiento de la garita, no sin antes soltar el chascarrillo de mejor haber quedado en la otra entrada, sentimos una sensación de estar en tierra de nadie.
Nos situábamos entre dos cierres, uno opaco hacia el interior de la prisión y otro de malla hacia el exterior, una franja vacía y yerma.
Influidos por nuestro viaje carcelario, Nos fuimos a lo fácil,
La garita va a seguir la forma y la materialidad de la prisión.
Junto a esto el condicionante más importante, el puesto de vigilancia debe tener una dotación de aseo, office y el mayor rango de visión posible hacia el exterior de la prisión…
y como el que se rebana los sesos mientras la mano va por su cuenta, aparece un dibujo, un flashback, una de las variaciones de Max Bill que nos deja tranquilos.
Un triángulo regular con un lado que se convierte en una parte del cuadrado perfecto. En él se sitúa el aseo y el office, dejando 270º de visión para la zona de vigilancia.