Un local diáfano sin uso previo claro, situado en planta primera con dos conexiones con la calle. Uno de difícil conexión debido a su escasa dimensión, la otra al fondo de la calle y del local, no era una mala entrada a modo de promenade que te va introduciendo en espacio.
El promotor “se daba” a hacer algo diferente, sin tenerlo muy claro necesitaba un espacio central de considerables dimensiones donde pudiera resolver el estar conteniendo una piscina que se hunde en el hueco “no válido” para un acceso, bajo esta el trastero en la planta baja; una zona de gimnasio (aficionado al bádminton), comedor y salón que a su vez se repliega y es otro uso diferente; un espacio para exponer arte, un espacio para sus fiestas multitudinarias o simplemente un cineclub en una tarde de verano.
En los extremos de este espacio central que es nada pero a la vez todo los espacios servidores, el de dormir y el de cocinar, ambos con sus baños. Todo ello a su vez con poca economía y difuminando los límites de los espacios mediante “muebles” bajos y espacios que fluyen en continuación unos de otros. Una intención de conseguir aquello que aquel libro de “la buena vida” compendiaba (salvando las distancias) las viviendas de Alcudia de Alejandro de la Sota.